viernes, 4 de mayo de 2018

Dedicado a todas las Madres...


Entre la vida y la muerte, 

un suspiro nos separa. 

Un relato para el dí­a de las madres...

 

En la circunstancia de nacer, sobre la conciencia se genera una vitalidad desconocida, tal vez provenga de Dios o del Universo o, simplemente, sea la energí­a de mi cerebro que está en el inicio de su desarrollo. Sin embargo, ya estoy aquí­ en el tránsito de mi natalicio, en donde todo es posible, soy una de las creaciones más puras de la naturaleza; estoy libre de estrés y miedos, los que ni siquiera alcanzo a dimensionar por las sensaciones imperceptibles a la hostilidad del mundo. Este seno materno alberga el refugio más seguro posible, ya que no existe mayor protección que el amor de la conservación de la especie.
Anímicamente escucho la ternura de las voces que con melosas palabras hacen eco en el vientre de mi madre, y los tenues pulsos de los latidos de un corazón que mantiene en vida no sólo a quien me procrea, sino a mí­ también. Mi mamá con sus dóciles manos acaricia su curveada barriga, cuyo terciopelo frota con cariño. A su debido tiempo, el vientre materno tendrá que expulsarme a mi inexorable destino o a la libertad de una voluntad inquieta.

¿Qué sucedió durante el lapso de aquel tiempo y espacio? En el instante sobre el cual me asomaba a un nuevo mundo, abandonando la tranquilidad y la calidez que me alojaba muy confortable en el vientre de mi madre, abrí­ los ojos y aspiré el primer aroma del universo, igual que todos los seres que sienten la experiencia de su propio nacimiento. En el punto donde empieza una vida, con certeza termina otra. Y es que los individuos que se despiden de este mundo exhalan su postrer suspiro, cuyo aliento es la  pausa que mide la vida de la muerte; varias de las narices que inhalábamos la brisa que sacudí­a los cabellos de las personas, las hojas de los árboles, las nubes del cielo y todo aquello que rosaba aquel soplo de la naturaleza, compartí­amos el mismo olor que destilaba el Universo. Infinidad de pulmones contendrí­amos el mismo aire y la misma esencia del cosmos y, después, lo exhalarí­amos, reciclando aquel viento que en algún momento respiraron nuestros antepasados y que ha recorrido el alma de todos; ¿cuántas lágrimas, sangre, sudor y secreciones de toda í­ndole se derramaron?


 Durante incontables minutos, en alguna polución, tal vez hubo muertes o quizás la procreación de nuevas vidas ¿acaso somos parte de aquello que existe y deja de existir? Tan sólo queda de nosotros el recuerdo, no más para no desaparecer de la faz de la tierra. Y para los que aún vivimos, nos corresponde recordar a aquellos que ya no están y que se fueron para mantenerlos en esta vida, tal es mi caso, que soy vitalidad y lozaní­a del acto sexual de mis padres o de la Creación Divina.
Mi llanto no se detiene; pidiendo auxilio, presiono mi diafragma para aumentar el volumen del lloriqueo y que se rompan los cristales, este lugar me aterra, no conozco nada ni a nadie..,
¿en qué sitio llegué a encontrarme?, mis sentidos se descoyuntan, el ruido que atraviesa mis oí­dos me hace perder la calma, lo cual enturbia mis diáfanos pensamientos, confundiéndome entre el caos; mis ojos perciben en vilo la luz  que me refleja colores, en cuya entorno presiento la intromisión de varios instrumentos, no sé si sean para agredirme; me sujetan esos malditos que esconden su cuerpo cubriéndose con telas blancas y su rostro con una máscara azul, ¿qué intentan hacerme?, mi susto crece cuando siento que me alejan de mi progenitora, la única persona en quien puedo confiar...



Ahora estoy en el espacio más seguro del universo, amamantado en el regazo de mi madre, protegido a través de su mirada y de su infinito amor, entre la ternura de sus manos, recobro mi confianza y el miedo se evapora; hubo múltiples posibilidades de que hoy estuviera muerto y  sólo una de continuar vivo ¿esta experiencia es acaso un simple suceso más de la vida o un verdadero milagro?...
 

Autor: Carlos Franco Castillo


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